SANTOS ESTRADA AVILÉS
THE BAJA POST/STAFF
El campo mexicano ha vuelto a sacar sus hachas de guerra. No es por gusto, sino por la supervivencia de un sector que ha sido el escalón de todos los gobiernos y el beneficio de ninguno. Desde finales de 2025, un movimiento genuino de campesinos y transportistas se ha gestado ante la indiferencia de un régimen que prometió mucho y ha entregado migajas, especialmente a nosotros, los cachanillas.
La historia de la desgracia del Campo Mexicano tiene nombres y apellidos. Comenzó con el salinato en 1988, cuando se decidió que el destino del trigo se escribiría en la Bolsa de Chicago y no en los surcos mexicalenses
Pasamos por la «recuperación» de Zedillo que solo salvó a sus amigos con el Fobaproa, el espejismo de Fox y la «película de Hollywood» de Calderón que solo trajo sangre. Todos, incluyendo a Peña Nieto, terminaron favoreciendo a los industriales mientras el productor común en el Campo Mexicano apenas lograba pagar sus créditos.
Llegó la «Transformación» y con ella la esperanza de precios de garantía. Sin embargo, la realidad fue una bofetada: discriminación hacia el productor del norte bajo el prejuicio de que somos «agricultores ricos» por tener tractores de ocho ruedas. Nos quitaron la compensación de bases, las coberturas y nos dejaron solos frente a los abusones de la industria y la ganadería.
Hoy, la situación es crítica. Los acuerdos firmados hace medio año resultaron ser papel mojado. El gobierno actual no tiene palabra y su firma carece de valor. Mientras los asesores presidenciales presumen cifras alegres de exportación e inseguridad a la baja, el transportista sigue siendo asaltado y el agricultor ve cómo le arrebatan 124 millones de metros cúbicos de agua para enviarlos a la costa, ignorando que el agua no se usa porque el gobierno ha hecho que sembrar sea sinónimo de perder dinero.
El lunes, el país se detuvo. Las carreteras y garitas serán el escenario del hartazgo.
Veremos con qué nueva mentira sale el gabinete o si la presidenta, con su tono ajeno a la realidad del campo, finalmente entiende que con el hambre y el patrimonio de las familias no se juega. La paciencia se acabó; ahora, que hablen los tractores.



